La tragedia que no termina nunca.....Hoy se llama Almería
✍️ Por: Juan Goñi
Publicado el: 11/07/2026 12:30
La tragedia que no termina nunca.
Solo cambia de nombre.
Hoy se llama Los Gallardos.
Hoy se llama Almería.
Personas muertas. Personas heridas. Familias que todavía buscan a quienes no regresaron. Más de mil seres humanos arrancados de sus casas. Miles de hectáreas atravesadas por un fuego que convirtió los caminos en ratoneras, los vehículos en ataúdes y la noche en una sentencia.
Otra vez el aire irrespirable.
Otra vez las sirenas.
Otra vez el miedo.
Otra vez familias esperando una llamada que no llega.
Otra vez la tierra negra, las casas abiertas en canal y una hilera de autoridades componiendo ante las cámaras su mejor rostro de circunstancia.
No me bastan sus minutos de silencio.
No me bastan tres días de luto oficial si después regresan los años de abandono. El silencio institucional dura unos minutos; el de una familia que ha perdido a alguien dura toda la vida. La ceniza permanece mucho más tiempo que sus discursos.
Investiguen hasta el final. Sin prisas por encontrar un culpable cómodo, pero sin permitir tampoco que ninguna responsabilidad se diluya entre informes, competencias y despachos. Averigüen qué ocurrió, quién debía prevenirlo, quién debía revisar, quién conocía los riesgos, quién no actuó y quién decidió ahorrar donde jamás se debía haber ahorrado.
No necesitamos un chivo expiatorio.
Necesitamos *toda la verdad*.
Investiguen los sistemas de aviso, las comunicaciones, las vías de evacuación y la planificación de un territorio lleno de viviendas dispersas. No para arrojarse los muertos unos a otros desde las tribunas. No para convertir el dolor en munición electoral. Investíguenlo para que nunca más un camino se convierta en una trampa y nunca más una persona tenga que elegir, rodeada por las llamas, entre quedarse o huir hacia ninguna parte.
Y, mientras hablamos de vidas humanas —que son lo primero—, no olvidemos todas las demás vidas.
Porque en un incendio no solo arden árboles.
Arden nidos con pollos incapaces todavía de volar. Arden reptiles, anfibios, micromamíferos e insectos. Arden colmenas silvestres, refugios, madrigueras y lugares de cría. Arde la fertilidad del suelo, la vida microscópica que lo sostiene, el banco de semillas y la memoria genética de un territorio. Desaparecen especies que ni siquiera sabíamos que vivían allí. Se rompen corredores ecológicos construidos durante siglos. Se destruye, en unas horas, una complejísima red de relaciones que necesitará décadas —cuando no generaciones— para intentar recomponerse.
No se han quemado únicamente unas hectáreas.
Se han quemado hogares.
Miles de hogares.
Millones de vidas.
Y después llegan los balances, fríos y obscenos: tantas hectáreas, tanto pinar, tanto matorral, tanta biomasa perdida, tantos millones de euros.
Como si el bosque pudiera medirse únicamente en madera.
Como si todo lo que no tiene precio careciera de valor.
Y aquí quiero detenerme en algo que sucede incendio tras incendio. Cuando las televisiones buscan a un “experto”, demasiadas veces aparece un ingeniero de montes hablando de limpiar, aclarar, explotar, aprovechar, extraer biomasa y hacer rentable el territorio. Su conocimiento es necesario, por supuesto. Pero no puede ser la única voz. Ni mucho menos la voz absoluta.
¿Para cuándo un biólogo?
¿Para cuándo una ecóloga, un zoólogo, una botánica, una experta en suelos o un especialista en biodiversidad?
¿Para cuándo alguien que explique que el monte no es una plantación de árboles, ni una fábrica de madera, ni una despensa de biomasa, ni un balance económico esperando ser explotado?
El bosque no es solamente una masa forestal que gestionar.
Es un ecosistema.
Es agua retenida, suelo vivo, sombra, humedad, hongos, líquenes, insectos, aves, mamíferos, raíces entrelazadas y relaciones invisibles. Es evolución acumulada. Es refugio climático. Es una comunidad de seres vivos de la que nosotros formamos parte, aunque nuestra arrogancia insista en situarnos por encima.
Resulta intolerable que, después de cada incendio, algunos aprovechen la tragedia para repetir que el bosque arde porque “no se limpia”. Limpiar. Qué palabra tan reveladora. Como si el matorral fuera suciedad. Como si la madera muerta no alimentara a miles de organismos. Como si un bosque sano tuviera que parecerse a un parque urbano, despejado, ordenado y rentable.
La prevención es imprescindible.
Pero prevenir no significa arrasar la biodiversidad antes de que lo haga el fuego. No significa convertir el monte en una explotación industrial, abrir pistas por todas partes, eliminar sotobosques indiscriminadamente ni declarar enemigo a todo lo que no produce dinero.
Gestionar no puede ser un eufemismo de explotar.
Revisen los tendidos eléctricos. Mantengan las vías de evacuación. Protejan los núcleos habitados. Recuperen los paisajes en mosaico allí donde sean adecuados. Apoyen la ganadería extensiva bien planificada. Formen y estabilicen brigadas forestales durante todo el año. Escuchen a las comunidades locales. Eduquen. Prevengan. Anticípense.
Pero háganlo con ciencia.
Con todas las ciencias.
Porque los incendios no empiezan en verano. Empiezan durante todos los inviernos en los que no se hizo nada. Y también en todos los despachos donde se decidió que la prevención era demasiado cara, que la biodiversidad era secundaria y que proteger la naturaleza consistía únicamente en calcular cuánto rendimiento podía obtenerse de ella.
La UME, el Infoca, los bomberos, los sanitarios y tantos trabajadores públicos se enfrentan al infierno. No les agradezcan su valor únicamente con aplausos, fotografías y condecoraciones tardías. Denles plantillas suficientes, estabilidad, formación, coordinación y todos los medios necesarios. Ellos ponen el cuerpo allí donde otros solo ponen palabras.
Y tómense de una vez en serio la emergencia climática.
El cambio climático no enciende por sí mismo cada fuego, pero reseca la tierra, prolonga las temporadas de riesgo y crea unas condiciones capaces de convertir una chispa en una bestia. El Mediterráneo será cada vez más cálido, más árido y más vulnerable mientras sigamos tratando esta amenaza como una exageración ecologista o como un problema que solo existe durante el verano.
Necesitamos una movilización nacional permanente. Una economía de emergencia dedicada a proteger el agua, los bosques, los pueblos, la biodiversidad y las vidas; Necesitamos, a nivel mundial una economía de guerra contra el Cambio Climático. Necesitamos blindar los terrenos quemados contra cualquier interés especulativo y comprender, de una vez, que invertir en prevención, ciencia y conservación no es gastar dinero.
Es evitar funerales.
Los Gallardos no necesita nuestras lágrimas.
Necesita verdad.
Necesita responsabilidades.
Necesita reparación.
Necesita memoria.
Mi abrazo más profundo para quienes esperan noticias de sus seres queridos, para quienes han perdido su casa, su paisaje o una parte irrecuperable de su vida.
Mi admiración para quienes avanzan hacia el fuego mientras todos los demás intentan escapar de él.
Y mi rabia ante un país que sigue sorprendiéndose cada vez que sucede aquello que los científicos, los bomberos forestales y la propia tierra llevan décadas anunciando.
Porque cuando mueren personas huyendo de un incendio no arde solamente un monte.
Cuando desaparece un bosque, no perdemos unas cuantas toneladas de madera.
Perdemos una biblioteca escrita durante milenios en el lenguaje de la Vida.
Arde el contrato moral de todo un país.
Y arde también nuestra obligación de compartir la Tierra con todas las demás especies.
©️Juan Goñi