Somos pueblos hermanos
✍️ Por: @Saquian
Publicado el: 13/07/2026 19:19
Nacida en Holanda pero venezolana por elección desde los doce años aproximadamente, decidí escribir esta serie en una página española por una razón: la historia transatlántica me ha enseñado que las raíces se eligen y se cultivan. Mientras los libros de texto suelen quedarse en el dolor de las independencias, olvidadas quedan las eras de reconciliación. En 1845, la diplomacia de Isabel II firmó la paz con mi país adoptivo bajo el lema del "olvido total del pasado", abriendo un flujo de bienestar y migración que unió a nuestras naciones. Hoy, recordar que nuestra prosperidad siempre ha sido de ida y vuelta es la mejor forma de celebrar que, por encima de la geografía, somos pueblos hermanos.
El reencuentro transatlántico: Hispanoamérica y la era de Isabel II
Entrega 1: El fin del aislamiento y el reconocimiento de las Repúblicas
Las guerras de independencia dejaron en Hispanoamérica una libertad innegable, pero también un amargo aislamiento. Durante más de una década, la intransigencia de Fernando VII sumió a las jóvenes repúblicas en un limbo diplomático: sin el reconocimiento de España, su soberanía era vulnerable ante la ambición de otras potencias.
El viento cambió con el ascenso de Isabel II (1833-1868). Su gobierno liberal comprendió que la independencia americana era irreversible y que la paz era necesaria para ambas orillas. Así comenzó un giro histórico: el reconocimiento oficial de las nuevas naciones.
El hito inaugural llegó en 1836 con México, a través del Tratado Santa María-Calatrava, al que siguieron Ecuador (1840), Chile (1844), Venezuela (1845) y el resto del continente. Este paso no fue un frío trámite, sino un ejercicio de reconciliación. El tratado con México sentó un precedente en su Artículo Segundo con una frase que devolvió la tranquilidad a miles de familias divididas:
"Habrá total olvido del pasado, y una amnistía general y completa para todos los españoles y ciudadanos mexicanos..."
Al borrar el miedo a represalias o confiscaciones, el bienestar social fue inmediato. La reacción en las capitales americanas rozó la catarsis. Cuando el primer diplomático isabelino, Ángel Calderón de la Barca, llegó a Ciudad de México en 1839, fue recibido con banquetes, ópera y júbilo popular. Escenas similares se repitieron en todo el continente.
Ver ondear la bandera española ya no en son de guerra, sino de diplomacia, dio a los ciudadanos una profunda sensación de orden y paz definitiva. Con la soberanía blindada por la diplomacia isabelina, Hispanoamérica dejó atrás la pólvora y quedó lista para el siguiente paso: la prosperidad comercial.
(Continuará)